SIN CORAZÓN
Mi capacidad de comprensión entonces
era la de una niña,
y no entendía por qué
aquel tirano de siete años
me quitaba siempre los juguetes.
Y entonces llegaba el discurso
de los mayores,
con todo aquello de:
tienes que compartir
porque este niño no tiene juguetes.
Uno da por hecho tantas cosas,
por una cuestión de lógica,
porque sí,
porque no cabe pensar otra cosa,
porque aparentemente es lo normal,
(o debería serlo).
Ahora lo entiendo todo:
tú no tenías corazón
y por eso jugabas con el mío.
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