Busqué entre cuello y mandíbula
imperdibles o alfileres, pero no encontré nada.
Estudié con atención su boca,
repasé sus comisuras
y el contorno de sus labios
–debía ocultar en alguna parte
un solido soporte que ayudara
a sostener esa maldita sonrisa–.
Supuse que algún herraje bien camuflado
se encargaría de anclar la estructura
de su nariz perfecta. Pero nada.
Sus preciosos ojitos ocupaban cada cuenca
de manera natural,
sin puntadas de hilo ni velcros ni adhesivos
que pudieran apreciarse.
Los pómulos parecían pómulos y las orejas, orejas,
sin más,
así como su frente se recogía entre sienes
y bordeaba el inicio de su dorado flequillo,
sin que entre ambos pudiera distinguirse una trampa.
Siempre fue todo un misterio para mí.
Jamás llegué a averiguar
qué diablos hacía
para que no se le cayera la cara de vergüenza.
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