Díselo,
aunque se te cuele la voz
en las entrañas del miedo
y la sangre te incendie la piel.
Díselo,
aunque te truene en el pecho
el galopar de cien caballos salvajes
y el aire no se deje alcanzar por los pulmones.
Aunque las piernas te amenacen
con dejarte vendido,
apuesta entonces, incluso, lo que no tienes.
Díselo, porque cada latido
que martillea tu sien,
no es más que una cuenta atrás:
otro beso perdido.
Díselo a la cara y sin escudo,
o enredado en temores, hecho un ovillo.
A susurros y dosis de cautela
o díselo gritando y que se entere la luna.
Díselo,
como si no quisiera el viento hojarasca y arena,
ni aromas, ni cometas,
ni nubes, ni aspas de molino.
Como si no quisiera el viento otra cosa
que hacer volar tu palabra.
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