¿Qué probabilidades hay
de que dos personas al darse su primer beso
experimenten a la vez un mareo semejante?
Como si hasta entonces hubiéramos
estado tan vacíos que al juntar nuestras bocas
hubiéramos caído el uno dentro del otro
y respirar fuese lo de menos.
Como si todos los vértigos
se nos hubieran concentrado
juntos en el estómago al darnos cuenta
que desde ese instante
ya nunca más volveríamos a ser los mismos.
Como si de repente
la tierra fuera el cielo y viceversa,
y nos hubiéramos quedado
colgados por los pies en una nube.
Fue como bordear la cornisa
del último piso de un rascacielos
–con los ojos cerrados–,
sabiendo que saltar al vacío
era la única forma de salvarnos.
¿Y cómo se sobrevive a algo así?
¿Cómo íbamos a hacerlo?
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