Le creí tanto que le llamé Verdad,
así, con mayúsculas…
y después cerré los ojos.
Hay mentiras tan bonitas
que huelen a tierra mojada
una noche de primavera,
y cuando él reía, ¡joder!,
se me llenaba el pecho de flores.
Y cuando lloraba:
me faltaban brazos
para abarcar tanto mar,
y le hacía un hueco dentro
de mi pena,
y juro que podía sentir
todo su invierno
helándome los huesos.
¿Cómo no iba a creer
cada palabra que saliese de su boca?,
si era su boca…
Me enamoré de una mentira,
y esa fue: la única verdad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario