Y entonces alguien
señaló la tristeza que vive en mis ojos
desde que los tuyos les dieron la espalda,
y en un acto reflejo mi mano voló hacia mi pecho
como si temiese que te descubrieran allí,
o como si quisiera proteger del frío
al último latido que aún te espera,
y el cielo de repente era una nube gris
amenazando nostalgia,
y cinco dedos no fueron suficientes
para frenar tanta lluvia.
No le gano el pulso a mi tristeza
porque aún te quiero,
y contigo no sé pronunciar la palabra adiós,
y sigo hablándole
de la música de tus ojos a mis heridas,
para que al menos ellas
entiendan su razón de ser.
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