Sucede así:
llega un día en el que ya no duele,
el mismo disparo de siempre
atraviesa el mismo orificio de siempre,
y la holgura entre el hueco y la bala
ya no permite el roce,
ni el impacto,
ni la rotura de arteria.
Las manos se sorprenden
por la ausencia de sangre,
y a lo lejos,
se escucha el silbido
de una bala libre.
Tan libre
… como tú.
Y entonces sonríes
y extiendes los brazos:
–dispárame en el pecho,
que soy inmortal.
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