–Vamos a calmarnos –le dije–,
y ninguno de los dos saldrá herido.
Tienes mi palabra,
jamás le hablaré de ti a la poesía.
Voy a dejar mi pluma
justo encima de esta pena,
y despacio levantaré las manos
donde puedas verlas.
Después daré media vuelta
y no volverás a saber de mí.
Me confié,
seguí mi camino,
bajé la guardia
y no lo vi venir:
me disparó por la espalda esa puta canción.
Nunca debes fiarte de un recuerdo.
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