Si llegas a conocerla
solo te pediré una cosa:
no me cuentes que es ella,
“tu ella”.
No pronuncies su nombre el voz alta,
porque si no tiene nombre, no existe.
Sabré del brillo de tus ojos
cuando mires hacia otro lado
para que los míos no se cubran de nieve,
y yo esconderé mis manos en los bolsillos
para que no puedas ver como las agrieta la pena.
Tú miraras el reloj,
yo entenderé que no soy tu prisa,
y haré acopio de lágrimas en mi garganta
porque así se construye el olvido.
Quizá, con esfuerzo, levante mi sonrisa en ruinas
y te pregunte algo que no quiero saber,
entonces miénteme,
miénteme hasta hacerme sangre,
porque nada podrá matarme
como la verdad.
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