domingo, 13 de diciembre de 2020

A MI PADRE

No he dejado de llorar desde

que te fuiste.

A veces lloro por fuera,

y otras me vuelco todo el tsunami

por dentro de las costillas

y aguanto la respiración.

Disimular es lo que hacemos 

muchos en esta vida

para que otros puedan

disimular también.


Te echo de menos.

Me quedé en algún rincón

de aquella noche,

como una niña asustada,

hecha un ovillo 

y cerrando los ojos con fuerza,

como si un par de párpados

fueran capaces de romper la realidad.


Te echo de menos, joder,

echo de menos todo lo que eras,

pero sobre todo echo de menos

todo lo que no has podido ser.

Y es que sigo sin entenderlo

y me jode.

Me jode ver los edificios en pie,

el mismo ruido de los coches en la calle,

el sol saliendo cada puto día

y la luna llenándose cuando le toca.


Todo sigue igual,

como si no importara

que hubiera sido el fin del mundo,

y odio eso,

como odio conjugarte en pasado

y como siempre odiaré Agosto,

por disfrazarse de invierno

y arrancarte de mi vida.

Por dejarla colgando de un

“tienes que asumirlo”

–que como puedes ver,

se me está dando fatal–,

y hay días que no sé

ni donde tengo la mano derecha

y no puedo llamarte para preguntártelo.

Y Agosto está ahí,

y yo llevo todo Julio haciendo fuerza,

intentando frenar el calendario…

como si pudiera evitarme la hostia.


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