Por aquel entonces
las lágrimas
tenían fecha de caducidad,
una vida útil,
un día límite,
una trayectoria,
un principio y un final.
Uno feliz.
Recuerdo que mi madre
tenía el poder de frenar
todo ese mar con un solo beso.
Me sangraban las rodillas, sí,
pero ella, como un dique de amor,
contenía todo el dolor y secaba mis ojos
con la calidez de una brisa de verano.
Todo acababa con un “cura sana”,
y directa de nuevo a la felicidad.
La pena no se te enquistaba
en la garganta,
la diluía el azúcar de un caramelo
que frenaba en seco un llanto inconsolable
ante semejantes injusticias:
como la de un niño negándose a compartir
su juguete conmigo.
El sonido del envoltorio era música celestial
anunciando el final de una guerra.
Más tarde, conocí lo amargo
de las lágrimas del desamor,
pero también el truco de las moras verdes.
Llorar seguía teniendo un temporizador,
y solo era cuestión de esperar
que se cerrara el grifo.
Lloré por amores
que ni siquiera recuerdo.
Eran lágrimas de fogueo:
mucho ruido, y al final,
solo pólvora mojada.
Ahora lloro diferente:
a largo plazo,
sin plazo.
Sin fin.
Para siempre.
Hay dolores con
los que no puede
el beso de una madre,
ni el caramelo más dulce,
y para los que nunca hay suficiente
verde en una mora.
Será que me hago mayor,
y ya voy teniendo edad
para decir ese tipo de frases:
ya no se hacen lágrimas
como las de antes.
No hay comentarios:
Publicar un comentario