domingo, 13 de diciembre de 2020

LÁGRIMAS DE ANTES

Por aquel entonces

las lágrimas 

tenían fecha de caducidad,

una vida útil,

un día límite,

una trayectoria,

un principio y un final.


Uno feliz.


Recuerdo que mi madre 

tenía el poder de frenar

todo ese mar con un solo beso.

Me sangraban las rodillas, sí,

pero ella, como un dique de amor,

contenía todo el dolor y secaba mis ojos

con la calidez de una brisa de verano.

Todo acababa con un “cura sana”,

y directa de nuevo a la felicidad.


La pena no se te enquistaba 

en la garganta,

la diluía el azúcar de un caramelo 

que frenaba en seco un llanto inconsolable

ante semejantes injusticias:

como la de un niño negándose a compartir

su juguete conmigo.

El sonido del envoltorio era música celestial

anunciando el final de una guerra.


Más tarde, conocí lo amargo

de las lágrimas del desamor,

pero también el truco de las moras verdes.

Llorar seguía teniendo un temporizador,

y solo era cuestión de esperar

que se cerrara el grifo.

Lloré por amores

que ni siquiera recuerdo.

Eran lágrimas de fogueo:

mucho ruido, y al final,

solo pólvora mojada.


Ahora lloro diferente:

a largo plazo,

sin plazo.


Sin fin.

Para siempre.


Hay dolores con 

los que no puede

el beso de una madre,

ni el caramelo más dulce,

y para los que nunca hay suficiente

verde en una mora.


Será que me hago mayor, 

y ya voy teniendo edad 

para decir ese tipo de frases:


ya no se hacen lágrimas

como las de antes.

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