Podrás engañarte cuando la beses,
y al abrazarla y llenarte el pecho de simulacro.
Podrás engañarte cuando te acaricie el pelo
y respondas a su te quiero como un autómata.
Podrás engañarte a plena luz el día,
con sus quehaceres y ruidos,
y en mitad de una conversación banal.
Pero cuando caiga la noche y te grite el silencio,
cuando cierres los ojos y te encuentres contigo:
ahí… ahí ya no.
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