A la ligera y sin previo aviso lo colocó sobre mis manos,
como si fuese cualquier cosa o tuviera el peso de una pluma,
sin preguntar,
como una madre coloca a su recién nacido
sobre unos brazos que no lo solicitan por miedo a romperlo.
Sentí mis pies clavándose en la tierra,
y a mi espalda crujir como una tarima vieja.
Ella, en cambio,
respiró con la paz
de una religiosa absuelta tras el confesionario.
Su gesto de piedra se tornó esponjoso y dulce
y sus ojos se volvieron acuosos, serenos y libres,
como si vieran por primera vez el mar.
Después, con premura y el mismo ruego
en la mirada de quien pide para comer
estrelló el indice en sus labios
sellando así entre boca y dedo una sentencia:
–shhhh, no puedes contárselo a nadie –dijo–,
es un secreto.
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