sábado, 12 de diciembre de 2020

Shhhhhhhh...

A la ligera y sin previo aviso lo colocó sobre mis manos,

como si fuese cualquier cosa o tuviera el peso de una pluma,

sin preguntar,

como una madre coloca a su recién nacido

sobre unos brazos que no lo solicitan por miedo a romperlo.


Sentí mis pies clavándose en la tierra,

y a mi espalda crujir como una tarima vieja.

Ella, en cambio, 

respiró con la paz

de una religiosa absuelta tras el confesionario.


Su gesto de piedra se tornó esponjoso y dulce

y sus ojos se volvieron acuosos, serenos y libres,

como si vieran por primera vez el mar.


Después, con premura y el mismo ruego

en la mirada de quien pide para comer

estrelló el indice en sus labios

sellando así entre boca y dedo una sentencia:


–shhhh, no puedes contárselo a nadie –dijo–,

es un secreto.


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