A veces coqueteo con la tristeza:
me guiña un ojo y voy,
me muerdo el alma y viene.
Las dos sabemos
que no queremos nada serio,
pero hace tiempo comprendimos
que evitarnos era demasiado compromiso,
que hay tormentas que nacen en el pecho
de las que solo te salvas cerrando el paraguas.
Me cansa el “prohibido romperse”,
el positivismo de los ciegos
que no quieren ver,
y odio por encima de todo
las frases de autoayuda,
el consejo talla única
adaptable a cualquier corazón
sean cuales sean sus grietas,
el mensaje que sentencia
y te declara culpable,
porque, joder,
la vida es una puta fiesta
y si tú no sabes verlo
será que no estás usando
la compresa adecuada.
Y yo he caído en esa trampa,
y he forzado tantas veces mi sonrisa
que han llegado a temerme en Gotham.
No volveré a hacerlo,
no volveré a sonreír
por encima de mis posibilidades.
Lo que duele no es la tristeza,
lo que duele es cortarse rompiendo
a mentiras el espejo.
Nadie sale de un charco
en el que no ha caído,
y si la lluvia debiera esconderse
no vendríamos de fábrica
provistos de ese conducto invisible
que conecta el dolor del alma
con los lacrimales.
No me pidas que no llore,
prefiero tu silencio envuelto en un abrazo.
No te rompas la cabeza
intentando averiguar lo que me pasa,
a veces ni yo lo sé,
a veces, solo es la vida.
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