sábado, 12 de diciembre de 2020

LA VIDA

A veces coqueteo con la tristeza:

me guiña un ojo y voy,

me muerdo el alma y viene.

Las dos sabemos 

que no queremos nada serio,

pero hace tiempo comprendimos

que evitarnos era demasiado compromiso,

que hay tormentas que nacen en el pecho

de las que solo te salvas cerrando el paraguas.


Me cansa el “prohibido romperse”,

el positivismo de los ciegos

que no quieren ver,

y odio por encima de todo

las frases de autoayuda, 

el consejo talla única

adaptable a cualquier corazón

sean cuales sean sus grietas,

el mensaje que sentencia 

y te declara culpable, 

porque, joder, 

la vida es una puta fiesta 

y si tú no sabes verlo 

será que no estás usando

la compresa adecuada.


Y yo he caído en esa trampa,

y he forzado tantas veces mi sonrisa

que han llegado a temerme en Gotham.

No volveré a hacerlo,

no volveré a sonreír 

por encima de mis posibilidades.


Lo que duele no es la tristeza, 

lo que duele es cortarse rompiendo

a mentiras el espejo.

Nadie sale de un charco 

en el que no ha caído,

y si la lluvia debiera esconderse

no vendríamos de fábrica

provistos de ese conducto invisible

que conecta el dolor del alma 

con los lacrimales.


No me pidas que no llore,

prefiero tu silencio envuelto en un abrazo.

No te rompas la cabeza

intentando averiguar lo que me pasa,

a veces ni yo lo sé,

a veces, solo es la vida.


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