Que nadie lo sepa.
Que no se den cuenta.
Que no se me note que estoy triste.
Y entonces sonríes…
sonríes, sonríes, sonríes.
–Como si una boca ahuyentara a la tristeza–.
Aprietas y fuerzas y enseñas los dientes,
hasta que las comisuras te rozan las sienes.
Y una lágrima frena en la arena de tus ojos.
Y las mejillas se agrietan como barro al sol.
Sonríes, sonríes, sonríes.
Y así se parte una pena
…en dos.
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