El frío, como siempre,
llegó sin avisar.
El viento en esta habitación levanta los muebles
y yo me escondo bajo el edredón.
Contigo.
A tientas enredo mis piernas con las tuyas
buscando el acople perfecto
hasta que suena el “click”.
Tus brazos y su intención de curarme el frío
me abarcan con la dulzura
de un campo de algodón de azúcar.
Tu pecho es el sol
deshaciendo mi espalda nevada
y la paz una mariposa
que revolotea entre mis pestañas.
Podría vivir aquí toda la vida.
Podría incluso morir
...y nada importaría.
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