CRUZA
Acabo de llegar a casa
y todavía me arden las mejillas
como si las hubiera frotado con sal.
No vais a creerme,
pero acabo de hacer el amor
con un completo desconocido
en mitad de un paso de cebra.
Sí, a plena luz del día,
rodeaba de gente
y automóviles parados
presenciando la escena.
Como en un cine de verano.
Vale.
Técnicamente solo nos hemos mirado,
no ha existido más contacto que el visual,
pero os juro que a pesar del abrigo
que ya obliga estas fechas,
todo ha sido pura cuestión de piel,
y ante la imposibilidad de arrancarnos
la ropa y las ganas,
y presos de la prisa y la orden que dicta un semáforo,
nos hemos atravesado con la mirada el uno al otro
como dos balas en mitad de un duelo
disparándose al unísono.
Después, cada uno ha seguido su camino,
flotando entre nubes blancas longitudinales,
empapados de una lluvia
que solo nos ha calado a nosotros,
sonriendo,
con la certeza de saber
que ninguna señal de tráfico,
vertical u horizontal,
hubiera sido capaz de impedir
accidente semejante.
Un instante.
Tal vez unos segundos.
Un choque frontal.
Una explosión.
Un incendio.
Arder.
Plantearse si sería apropiado
fumarse un cigarro después.
Sabéis ese tipo de preguntas, como:
¿Qué te llevarías a una isla desierta?
¿Qué harías si hoy fuese el último día de tu vida?
No me cabe la menor duda.
Si algún día alguien le pregunta:
¿cuál es el sitio más extraño donde has hecho el amor?
Estoy convencida.
Lo va a decir:
fue en mitad de un paso de cebra.
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