Tú,
que de tanta puñalada
forjaste en acero mi espalda,
y ahora todo tu daño
resbala en mi armadura
Tú,
que para verme perfecta
tenías que romperme siempre,
y esa,
era la única forma
en la que merecía tu abrazo,
cuando mis grietas rimaban con las tuyas,
y así te crecías
–menguándome–,
logrando que me quisiera tan poco,
que incluso era capaz de quererte a ti
Tú,
que me empujaste a tu abismo
y entonces descubrí mis alas,
porque tienes que saber
que tu golpe no fue más
que el impulso necesario para alzar mi vuelo,
y ahora,
libre,
desde este inmenso cielo,
la que se ve diminuta:
eres tú
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